Alicante
Junta Mayor de Hermandades y Cofradías de Semana Santa de Alicante
1944
12.000
Declarada Fiesta de Interés Turístico Nacional (por Resolución de 4 de febrero de 2022 de la Secretaría de Estado de Turismo)
S. I. Concatedral de San Nicolás de Bari
Directiva Junta Mayor
Presidente: Alfredo Llopis Verdú
Asesora Presidencia: Esmeralda Giner Olcina
Vicepresidente: José Ángel Abellán Cuesta
Secretario General: Pedro Torregrosa Orozco
Tesorero: Antonio Carretero Llopis
Protocolo y Relaciones Externas: Miguel Llorca Corbí
Comunicación: Pedro Ruiz Moles
Secretaria de Actas: Laura Moya Alemañ
Asesor jurídico: Germán Gómez Calvo
Obra Social: Juani Marín Vázquez
Juventud: Rafael de la Guía Carratalá
Organización y Protocolo: Merche Hernández Caballero
Organización y tesorería: Maite García Muñoz
Organización y Junta Diocesana: Gerardo Melero Sánchez
Organización y Comunicación: Alejandro Wizner Díaz
Organización: Carlos Girón Oliver
Organización: Enrique Cerezo Milán
Organización: Vicente Enrique Armengol Ortiz
Archivero: Eduardo Barrera Martínez
Cultura: Felipe Sanchis Berná
Consiliario: Joaquín López Serra
Dirección postal
Casa de la Festa ‘Manuel Ricarte’
C/ Bailen 20, 2ª planta, Alicante
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Cofradías y Hermandades
- Hermandad de Jesús Triunfante
- Real Hermandad Sacramental de Jesús en Samaria, Santa Oración en el Huerto y Stma. Virgen de la Paz
- Real Hermandad Sacramental de Stmo. Cristo de las Penas y Santa Mujer Verónica
- Real y Muy Ilustre Cofradía del Santísimo Cristo de las Almas y de San Pedro Apóstol
- Cofradía del Stmo. Cristo del Hallazgo y Virgen Dolorosa
- Real, Muy Ilustre, Santa y Sacramental Hermandad de la Misericordia, Ntro. Padre Jesús del Gran Poder y Ntra. Sra. de la Esperanza Coronada
- Penitencial Hermandad de Jesús atado a la columna en su Santa Flagelación
- Hermandad Penitencial del Stmo. Cristo de la Humildad y Paciencia y Ntra. Sra. de las Lágrimas
- Cofradía Cristo ‘El Morenet’ Patrón de los Hombres del Mar
- Hermandad del Prendimiento y Ntra. Sra. del Consuelo
- Hermandad Agustina de Ntro. Padre Jesús Despojado de sus Vestiduras
- Muy Ilustre, Penitencial y Franciscana Cofradía del Stmo. Ecce-Homo y Ntra. Sra. de la Amargura
- Hermandad Penitencial Stabat Mater
- Real y Muy Ilustre Hermandad Sacramental del Stmo. Cristo del Mar, Ntra. Sra. de los Dolores Coronada y San Juan de la Palma
- Hermandad de Nuestro Padre Jesús
- Hermandad Penitencial de Santa Cruz
- Cofradía Sacramental del Cristo del Divino Amor y Virgen de la Soledad ‘La Marinera’
- Muy Piadosa Hermandad de Nazarenos de la Santa Redención
- Pontificia, Real, Ilustre, Venerable y Salesiana Hermandad Sacramental de la Santa Cena
- Cofradía de Ntra. Sra. de la Piedad y de la Caridad y Cristo de la Paz
- Hermandad Penitencial del Perdón
- Hermandad del Stmo. Cristo de la Buena Muerte y Ntra. Sra. de las Angustias
- Cofradía de la Sentencia de Jesús
- Hermandad Penitencial Mater Desolata
- Hermandad del Santo Sepulcro
- Real y Muy Ilustre Cofradía de Ntra. Sra. de la Soledad de Santa María
- Gloriosa Hermandad de Nuestra Sra. de la Alegría
- Hermandad del Stmo. Cristo Resucitado
Datos de interés
Breve historia de la Semana Santa de Alicante
Hablar de la Semana Santa Alicantina es remontarse, documentalmente, al año 1600. Este es el primer dato escrito que encontramos en las crónicas, aunque, como es lógico de suponer, ello significa que antes de esta fecha ya existiese. Basta recordar que la Santa Faz en 1489 ya une a la ciudad con algo tan vinculado a la Pasión de Cristo como pueda ser el Lienzo Verónico. Pero, imaginemos el Alicante de 1600. Es una ciudad de unas 5000 almas, que seguirá creciendo gracias a la actividad portuaria, al comercio internacional y al fenómeno migratorio. Es foco de atracción de mercaderes que buscan la bondad de su puerto, la suavidad fiscal y la facilidad de contratación.
En este Alicante, que venera a la Madre de Dios con el título del Remedio, existe un puerto en forma de media luna. Hay una gran actividad; numerosos bergantines y galeras cargan a nuestro alrededor trigo, cebada, higos, algarrobas, almendras, barrilla, esparto, frutas y agrios. Todos los productos de la rica huerta, aunque de secano, que circunda la ciudad. Sus destinos principales: Flandes, Bretaña e Inglaterra. Junto a ellos, barcos con la bandera holandesa estiban nuestro preciado ‘Fondillón’, vino de reyes, además del moscatel y la malvasía.
Recreándonos en el entorno, oscurece y entramos en el recinto amurallado por el Portal del Muelle, llegando a la calle Labradores, donde nos encontramos con una Cofradía. Es la luctuosa noche del Jueves Santo. La oscuridad la rompen, en procesión, las túnicas azules, como el manto de la Virgen del Remedio, y las luces amarillentas de los hachones. Momento emotivo, los caballeros se descubren, las damas se arrodillan en el suelo embarrado. Estamos asistiendo al inicio de la Semana Santa de Alicante.
A partir de 1600, aparecen otras fechas (1603-1606-1753-1760). Todas ellas vinculadas con el tema de nuestra celebración pasional.
De la Cofradía de la Sangre, primera de las fundadas en Alicante
En 1600, y según las Crónica de Rafael Viravens, “entre la casa que forma el ángulo izquierdo del callizo por el que se comunica la plaza de la Sangre con la calle de Maldonado, antes de En Llop, y el edificio que en nuestros días ocupan las Monjas Agustinas, Había por los años 1600 un santuario que servía de capilla para los Reos condenados a la última pena. La nobleza de Alicante estableció en esta pequeña iglesia una Cofradía titulada de la Purísima Sangre de Cristo, nombre de aquel eremitorio en el que había una Virgen de la Soledad. El Viernes Santo de cada año salía de la Ermita de la Sangre la procesión del Entierro de Cristo, con asistencia del Concejo y de los nobles, y siendo grande la devoción que tenía el pueblo a aquel santuario, e hicieron gestiones para que en él se establecieran las religiosas canonesas de la Orden de San Agustín…”
Esta imagen de la Soledad era muy venerada: los enfermos creían curar al contacto de la toca o del rosario que pendía de sus pequeñas y finas manos; los marineros la invocaban para obtener su protección y no caer cautivos de los piratas. Y, tantos fueron los favores, que aquellas gentes sustituyeron el título de Soledad por el de Nuestra Señora de La Marinera. A lo largo de cuatro siglos, esta imagen ha sufrido dos graves profanaciones. La ocurrida con la entrada de los ingleses en la que fue rescatada de entre las inmundicias (8 de Agosto de 1706) y la de 1931 en que aparecieron sus restos entre un montón de cenizas y escombros. Todavía hoy su cara, y en especial sus ojos, portan el recuerdo de aquellos hechos.
De acuerdo con la ‘Chrónica’ del Deán Bendicho, sabemos que en el Convento de las RR.MM. Canonesas de San Agustín, estaba fundada la Cofradía de la «Sangre de Cristo», que recibía el amparo de la Ciudad «pues la favorece con mandar a sus oficiales y consejeros asistan y acompañen la preseción que hace la cofradía el Viernes Santo con una vela de sera blanca que paga la Ciudad para cada uno».
Sin embargo, a la luz de los datos que nos revela el «Libro de la Fundación» del Convento de la Sangre de Cristo de la ciudad de Alicante, es evidente que la existencia de dicha cofradía era anterior a la fundación del Convento. Refiere el acta de fundación que, a principios del siglo XVII, algunos religiosos y caballeros, procuraron juntar en el salón del Ayuntamiento de la ciudad a algunos jurados de ella, al Deán y Cabildo de la Colegial y a algunos otros caballeros, con el propósito de presentarles la preocupación de que «hiciese un convento de monjas en esta ciudad para poder cumplir con él sus buenos deseos y no obligarles a salir de la tierra para hacerlo por la dificultad e inconvenientes que en ello solían ofrecerse».
Sopesadas las razones, se resolvió se edificase dicho convento y fuesen sujetas al Ordinario y se escribiera al Sr. Obispo de Orihuela, Don Andrés Balaguer, pidiendo licencia para ello y para denominar de qué orden sería. Se nombró por electos al Deán Miguel Zaragoza, al Canónigo y Comisario de la Santa Inquisición, Tomás Pérez; al Canónigo y Vicario, Jaime Galante; al padre maestro Fray Jerónimo Gracián de la Madre de Dios, de la Orden de Nuestra Señora del Carmen; a don Juan Vich, Bayle de la Gobernación de Orihuela; y a Jerónimo Vallebrera, caballero.
En la visita pastoral que realizó el Obispo a la ciudad de Alicante en el mes de Abril de 1606, concedió la licencia solicitada e impuso algunas condiciones que se recogen, más tarde, en el auto recibido por el notario don Juan Torres el 16 de Mayo de 1606, otorgando poderes al canónigo Pedro Ivarra y a Jerónimo Vallebrera para que en su nombre fundasen dicho monasterio, fuesen a traer a las fundadoras del Monasterio de San Cristóbal de Valencia y comprasen la casa o casas necesarias y demás cosas convenientes para dicha fundación.
En cumplimiento de lo acordado, reunieron a los mayordomos y cofrades de la Cofradía de la Sangre de Cristo y «pidiéronles la iglesia y demás casas de la dicha cofradía para en ella como lugar más a propósito hacer dicho monasterio. Y todos unánimes y conformes condescendieron con tan justa petición e hicieron donación de ella para dicho efecto con ciertas capitulaciones, como parece con auto por ante Francisco Pérez, notario». El 16 de Julio de 1606, llegaron las fundadoras y el 18 del mismo mes y año, se instalaron en el que pasaría a denominarse Convento de la Sangre de Cristo.
Todo lo anteriormente expuesto argumenta que el origen de la Cofradía de la Sangre de Cristo de Alicante bien podría remontarse al siglo XVI, a pesar de que sigue siendo una incógnita su fecha de fundación. Si en 1606 se funda el Convento, y la Cofradía poseía por entonces una iglesia y casas en propiedad contiguas a la misma, es obvio que disponía desde hace tiempo de una organización administrativa -en el Libro de la Fundación se hace referencia a la existencia de mayordomía-, y de unos cultos y actos en honor a las imágenes del Ecce Homo y a la Virgen de la Soledad. Y esto, además, corrobora la afirmación recogida por Viravens en su Crónica, al decir (…) «había por los años 1600 un Santuario que servía de Capilla a los reos condenados a la última pena.»
Otro dato que nos ayuda a fechar la existencia de esta Cofradía de la Sangre era la devoción de esta advocación en todo el Reino de Valencia. La misma venía a entroncarse con el resurgimiento de las compañías de disciplinantes que secundaban a San Vicente Ferrer en sus viajes y predicaciones -recordemos que San Vicente Ferrer predica en Alicante en el año 1411. Existe una copia del documento por el que la Real, Muy Ilustre Archicofradía de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, fundada el día 11 de Abril de 1411 en Murcia, dice textualmente: (…) «damos participación de todas las obras del agrado de Dios que se verifiquen en nuestra Archicofradía y de todo su tesoro espiritual a la Antigua Real Cofradía de la Preciosa Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, hoy titulada de Nuestro Señor Jesucristo Divino Amor de Alicante. En virtud de esta Hermandad con Agregación Espiritual, rogamos a Dios Nuestro Señor, que por su Preciosísima Sangre y por los méritos de la Santísima Virgen María Madre de Dios y por los de nuestros Padres que fueron Cofrades de la Preciosísima Sangre, San Vicente Ferrer, San José Oriol, San Antonio María Claret y el Beato Juan de Ribera, que esa Corporación Hermana de la nuestra en la Sangre Redentora de Jesucristo, pueda participar de los citados bienes espirituales».
Coincide pues con el auge de las cofradías de la Vera Cruz en Castilla y Andalucía que veneraban la reliquia del Lignum Crucis, a partir del siglo XV comenzó en el Reino de Valencia a darse culto a la Sangre de Cristo.
Juan Bautista Maltés, en su obra Ilice Ilustrada, de manera muy prolija, nos relata la devoción alicantina a las imágenes del Convento de la Sangre, el Ecce Homo (iconografía esta que en el Reino de Valencia representaba la devoción a la Santísima Sangre de Cristo, como es el caso de Manises, Pego y Elche) y La Soledad «La Marinera».
En un relato portentoso ocurrido en Mislata estaría el origen de la devoción a la Preciosísima Sangre de Jesucristo. Divulgada esta fiesta a Valencia, se fundó una cofradía en la parroquia de San Miguel y San Dionisio, en el arrabal de la Villa Nueva, cuyas constituciones fueron aprobadas el 15 de Marzo de 1535 por Gaspar Rubió, doctor en cánones y vicario general. Paulo III instituyó su fiesta en Bula fechada el 14 de Abril de 1540. Se ha localizado la fundación de esta cofradía en diversos pueblos de todo el Reino de Valencia.
De la Procesión del Jueves Santo. La Hermandad del Santísimo Cristo de la Buena Muerte y Nuestra Señora de las Angustias. La Virgen del Remedio.
Hablar de los orígenes de la Hermandad de la Buena Muerte es relacionarla, tal y como cita Federico Sala Seva en su libro “Acontecimientos notables de la Iglesia de San Nicolás de Alicante” a aquella procesión penitencial que, por las calles de nuestra ciudad, salió el Jueves Santo de 1603. Tanto en el referido libro como en ‘La Perla de Alicante’, de Modesto Nájera (1927) y en la ‘Crónica de Alicante’ del Deán Vicente Bendicho (1640), así como en las ‘Cartas misivas’ del Archivo de San Nicolás, se cita la procesión que el Jueves Santo de 1603 realizó la Cofradía de Nuestra Señora del Remedio con una participación de más de 120 penitentes, los cuales portaban vesta azul, “lo cual ha edificado toda la ciudad”.
Este dato es empleado para obtener de Roma la aprobación pontificia de la Cofradía de la Virgen del Remedio como “asociación de fieles para la realización de obras de piedad o caridad e incremento y esplendor del culto público (Codex Iuris Canónici, cc. 707). Así se remite en carta fechada el 2 de abril de 1603 al canónigo D. Nicolás Martínez Clavero, el cual se encontraba en la Ciudad Eterna.
Efectivamente, el 31 de mayo de 1603, un mes después, se obtiene de Clemente VIII la aprobación canónica. La referida procesión se organizaba y salía del mismo Claustro y no deja de ser significativo el hecho de que la actual Hermandad de la Buena Muerte inicie su estación de penitencia actualmente también desde el Claustro de San Nicolás.
Durante el siglo XVIII (1753-1765) esta procesión continuaba celebrándose. En el año 1760 el mismo Cabildo amonestó a varios penitentes “que en la Procesión del Santo Cristo no iban paramentados con las vestas, obligándoles para el año próximo de que seis meses antes de la Semana Santa los Cofrades que desearan continuar siéndolo habían de tener preparada una vesta…”
Como queda constancia en las decisiones capitulares, a dicha procesión acudía una Comisión Municipal presidida por el Alcalde Mayor, varios eclesiásticos y, algunos años, eran invitados los Gremios de la ciudad.
El Santo Cristo al que se hace referencia corresponde a la imagen que se encontraba en la Sacristía de la Concatedral de San Nicolás. No hay constancia de causa alguna que justifique la desaparición de esta procesión de Jueves Santo que dejó a la Semana Santa alicantina con la “única” procesión de la tarde del Viernes, denominada “Procesión del Entierro” y en la que, acompañando al Santo Sepulcro, procesionaban el resto de imágenes pasionarias. Esta Procesión del Entierro partía, al menos desde 1600, del que fue el primer templo cristiano de Alicante, Santa María.
Fundación de La Hermandad de La Buena Muerte
En el año 1927, un grupo de jóvenes solicitaron y consiguieron que el Cabildo de San Nicolás autorizara sacar procesionalmente la imagen del Cristo de la Buena Muerte la noche del Jueves Santo y la tarde del Viernes en la Procesión del Entierro. Poco después se constituyó canónicamente como Hermandad del Santísimo Cristo de la Buena Muerte.
El Jueves Santo de 1927, a las 22:00 horas, por la Puerta Negra de la Colegiata de San Nicolás salía el Trono con la imagen del Cristo de la Buena Muerte para dirigirse a Santa María donde participaría en la Procesión del Entierro del día siguiente.
El desfile procesional se desarrolló de la manera siguiente: estandarte, fieles, socios protectores, señoras con mantilla española, hermanos de vesta o nazarenos, Paso del Santísimo Cristo de la Buena Muerte y Presidencia Eclesiástica.
Con el tiempo, la Hermandad se independizaría e iniciaría su andadura en solitario únicamente en la noche del Jueves Santo.
El diseño primigenio de las vestas de los penitentes era de terciopelo negro, capirote del mismo color con escapulario sobre el que lucía una cruz roja con el monograma de Cristo; la vesta iba sujeta a la cintura por un cíngulo de seda rojo. La capa, guantes y calcetines eran igualmente rojos. Se completa el vestuario con unos zapatos negros de charol y hebilla de plata.
En la actualidad, los colores se han mantenido, aunque el material se ha modificado con el tiempo.
Es a partir del año 1940 cuando la Cofradía de Nuestra Señora de las Angustias es agregada a la Hermandad del Cristo de la Buena Muerte, razón está por la cual, desde esta fecha la imagen de las Angustias, también conocida popularmente por el nombre de la Virgen de la Peña, procesionará la noche del Jueves Santo, dejando de hacerlo la tarde del Viernes, tal y como venía realizando desde 1893 hasta 1931.
El Crist del Rosari.
Con este nombre fue conocida la imagen que, el Viernes Santo de 1854, pasaría a denominarse Santísimo Cristo de la Buena Muerte. Desde 1597 en que los Dominicos tomaron posesión del convento e iglesia, fueron conocidos por nuestros antepasados como “els frares del rosari” y la imagen del Cristo crucificado que entronizaron en la iglesia de la calle Mayor con el actual Pasaje de Amérigo, se la denominó ‘El Crist del Rosari’.
De acuerdo con la exposición que hace Gonzalo Vidal, dicha obra de imaginería fue una donación a los dominicos juntamente con el derecho de propiedad y, aunque se inclina por el Obispo Saragosa como el más probable donante, recoge y analiza la posibilidad de que fuera Don Andrés Balaguer o, también, Don Acacio March. (Ambos fueron obispos de Orihuela).
Sobre quién fue el autor de esta imagen y, no existiendo ninguna documentación sobre la misma, corren dos versiones: aquellos que afirman que la misma es obra de Nicolás de Bussi (Vicente Martínez Morella – Federico Sala Seva) y los que sostienen la versión de una obra de mazonería (Gonzalo Vidal Tur). Lo cierto es que nos encontramos ante una magnífica talla que pasaría a ser propiedad de la Colegiata de San Nicolás a partir de 1851 por motivos de la exclaustración de 1836 y posterior orden del Estado para derribar el templo dominico. Tras los últimos estudios practicados en la imagen en su última restauración se desestiman las opciones anteriores catalogándola como una obra de autor anónimo del siglo XVI.
Trasladada la imagen de la iglesia de los dominicos a San Nicolás, permaneció guardada en la Sala Capitular hasta que el recordado Abad Penalva la trasladó al Claustro y más tarde al interior del templo. Será en 1948 cuando el Santísimo Cristo de la Buena Muerte, el Crist del Rosari, será entronizado en una capilla propia.. Será el arquitecto Don Juan Vidal Ramos, Presidente entonces de la Hermandad, el responsable de decorar la misma con un almohadillado en sus paredes y severa ornamentación, y el Obispo de la Diócesis, Dr. D. José García Goldáraz, quien la bendijo. La nueva capilla se encuentra cerrada por una verja forjada en hierro, realizada por Marcos Pérez en 1741 procedente del antiguo Coro de la Colegiata. En el ángulo derecho, al fondo de la misma, se encuentra la Primera Piedra del Templo actual, bendecida el 9 de marzo de 1616.
Desde aquel 7 de noviembre de 1948, la que había sido Capilla de Ánimas pasó a ser la Capilla del Santísimo Cristo de la Buena Muerte. Es también Bendicho, quien nos señala la realización de una procesión de penitencia el Jueves Santo de 1603 (…) «de su capilla y claustro sale el Jueves santo, dadas las oraciones, una grande y devota procesión de luces y túnicas azules a devoción del manto azul con que de ordinario pintan y visten a la Virgen por ordinación de un concilio, y las armas de la cofradía que es la cruz blanca a modo de las que los comendadores o religiosos militares de San Juan».
Este dato lo toma Bendicho de la carta que dirige el Cabildo para obtener de Roma, la aprobación pontificia de la Cofradía de la Virgen del Remedio como «asociación de fieles para la realización de obras de piedad o caridad e incremento y esplendor del culto público». Así se remite en carta fechada el 2 de Abril de 1603 al canónigo D. Nicolás Martínez Clavero, el cual se encontraba en la Ciudad Eterna. «Nuestra Cofradía, ha hecho una Procesión de penitentes de más de 120 con sus vestas azules, con lo cual ha edificado toda esta Ciudad.» Efectivamente, el 31 de Mayo de 1603, un mes después, se obtiene de Clemente VIII la aprobación canónica.
Durante el siglo XVIII (1753-1765) esta procesión continuaba celebrándose. En el año 1760, el propio Cabildo amonestó a varios penitentes «que en la Procesión del Santo Cristo, no iban paramentados con las vestas, obligándoles para el año próximo, de que seis meses antes de la Semana Santa, los cofrades que desearan continuar siéndolo, habían de tener preparada su vesta…»
Como queda constancia en las decisiones capitulares, a dicha procesión acudía una Comisión Municipal presidida por el Alcalde Mayor, varios eclesiásticos y, algunos años, eran invitados los Gremios de la ciudad.
No hay constancia de causa alguna que justifique la desaparición de esta procesión de Jueves Santo que dejó a la Semana Santa alicantina con la «única» procesión de la tarde del Viernes, denominada «Procesión del Entierro». Y en la que, acompañando al Santo Sepulcro, procesionaban el resto de las imágenes pasionarias. Esta procesión del Entierro partía del que fue primer templo cristiano de Alicante (Santa María), al menos, desde 1600.
De los Estatutos para el Gobierno de la Ciudad de Alicante de Carlos II al Informe sobre Cofradías requerido por Carlos III (1669-1770)
En el Reglamento que el 18 de Diciembre de 1669, que el Rey Carlos II concedió a la Ciudad de Alicante, aparecía el gasto fijado para la cera. En lo concerniente a la Semana Santa, el último de los Austria estableció (…) «para los Oficiales de la Ciudad, Governador, y Bayle, que salen en las Processiones del Jueves, y Viernes Santo, una hacha à cada uno, de peso de quatro libras de cera»
En el Informe sobre las Cofradías, Hermandades y otras especies de gentes colegiadas, requerido por Carlos III, y enviado por el Presidente del Consejo a la sazón el señor Conde de Aranda, el 28 de Septiembre de 1770, se descubre que en los censos y limosnas que recaudaba anualmente la Cofradía de la Virgen del Remedio (…) «se dize la missa todos los sábados y se paga la yluminación de la capilla en todas las festividades y funciones de la yglesia, y la del Jueves Santo con la cera a los canónigos que van en la processión»
También en dicho informe se hace referencia a la participación de otra cofradía en las procesiones de la Semana Santa. Se trata de la Cofradía de San Pedro que nació al amparo de una asociación gremial cuya sede estaba establecida en el antiguo convento de San Francisco. Esta cofradía formada por el gremio de marineros, contaba por esas fechas con un total de ciento sesenta cofrades. Esta asociación gremial hacía frente a sus gastos a partir de la contribución llamada «tacha», puesto que los cofrades a su ingreso no pagaban ninguna cuota. «Por cada real valenciano de a doze quartos que gana cada yndividuo de dicha cofadría en el trabajo de barqueo, pesca, viajes, y qualquier otra ocupación propria de marineros, deja a beneficio del caudal común de la tacha algunos años dos mar[av]edís, y otros años, quatro, conforme se determina»
Entre los gastos que la cofradía preveía anualmente, se reservaba una partida de treinta pesos para las procesiones y la cera del Jueves y Viernes Santo. Por tanto, durante los siglos XVII y XVIII, las procesiones penitenciales siguieron concentrándose en estos dos días de la Semana Santa.
De los Gremios de ayer a las colectividades de hoy
Jaume Castillo y Luis Pablo Martínez, en su libro ‘Els gremis medievals en les fonts oficials. El fons de la Governació del Regne de València en temps d’Alfons el Magnànim (1417-1458)’, nos hacen ver que la documentación valenciana existente sobre el mundo del trabajo y su organización institucional, no encaja con la unívoca categoría de “gremio” consagrada por la historiografía tradicional y su estereotipada división.
En el Reino de Valencia de la Edad Media, encontramos dos realidades institucionales: oficios y cofradías. El ‘Oficio’ que aglutina a todos los artesanos de una misma clase productiva que desempeñaban, desempeñando funciones económicas, técnicas, profesionales y también, de representación política. En paralelo, la ‘Cofradía’ o ‘Almoina’, que se especializaba en funciones benéficas y asistenciales con un acentuado carácter religioso. Estas fronteras eran muy difusas en la práctica, hasta el punto de dar lugar a acentuados conflictos corporativos.
Así observan Jaume Castillo y Luis Pablo Martines que, de acuerdo al privilegio otorgado por Juan I en 1392, la ‘almoina’ de carniceros gozaba de libertad de reunión. No obstante, encontraron permiso de reunión por parte del Gobernador del Reino a los carniceros, entre 1420 y 1457. Una lectura detenida de los permisos, reveló que, en todos los casos, la licencia se concede a petición de los “procuradors, majorals”, etc. del ‘Oficio de Carnicería’ y no de la ‘Almoina del Oficio de Carnicería’.
Todo ello demuestra que, en el Reino Medieval de Valencia, existía un férreo control gubernamental hacia los gremios de oficio, tanto que no tenían la libertad de reunión ni gozaban de libertad de expresión en sus reuniones. Por el contrario, si tenían este privilegio las ‘almoinas’ o ‘cofradías’.
En este contexto tenemos el nacimiento y la personalidad del cortejo procesional de Semana Santa. Surge como expresión de la fe popular cuando los gremios de artesanos de las ciudades medievales, desde fines del siglo XIV o principios del XV, fundan Hermandades y Cofradías de penitencia, las cuales organizan cortejos de disciplinantes para hacer penitencia en señal de arrepentimiento en torno a las fechas de Semana Santa.
Estos cortejos regularizan a lo largo del siglo XVI sus estaciones de penitencia y alcanzan su apogeo a partir del Concilio de Trento y del triunfo de la mentalidad contrarreformista, que apoyaba las expresiones exteriores de la fe.
El cortejo penitencial de Semana Santa se configura definitivamente a partir del siglo XVII, en época del Barroco, por lo que la personalidad y la estética que han llegado hasta nosotros son netamente barrocas y esta nota estilística aparece subrayada en los elementos que lo configuran.
Hermandades y Cofradías han sido, tal como afirma el catedrático de antropología social de la Universidad de Sevilla, Isidoro Moreno, históricamente contextos y escenarios donde se han producido dos fenómenos. Por una parte, un alto grado de consenso entre los grupos objetivamente enfrentados al nivel de la estructura social y asimétricamente situados en las relaciones de poder, en torno a unos mismos símbolos y a la participación de unos mismos rituales. Y, por otra, la expresión, no siempre consciente, de las contradicciones, tensiones y conflictos realmente existentes en la estructura social. Ejemplo de todo ello lo podemos observar en los esclavos negros de Sevilla y de otras ciudades andaluzas, desde el siglo XV al XVIII, compitieron e incluso pleitearon con sus amos para hacer valer sus derechos asociativos y sus privilegios simbólicos, incluso a veces lograr humillar a aquellos.
Es más, con la Contrarreforma, ¿hubo algún otro medio más allá de la pertenencia a Hermandades y Cofradías para que judeoconversos, antiguos moriscos y otros individuos sospechosos de heterodoxia política o ideológica se hicieran reconocer como ciudadanos ‘normales’?
Es evidente que los poderes establecidos han intentado en todas las épocas protagonizar las fiestas, controlarlas, hacer de estas un medio de reproducción del orden social. Y fue, sobre todo a partir de mediados del siglo XVIII cuando muchas asociaciones se escapan al control del poder. No tanto por la voluntad de hacerlo sino, sobre todo, porque con la Ideología de la Ilustración y el comienzo de lo que suele denominarse como el paso del Antiguo al Nuevo Régimen, el poder político, secundado por el eclesiástico en sus instancias altas, está ya potenciando otros medios para extender y acentuar su control sobre todos los sectores sociales.
Así, en 1770, el conde de Aranda, presidente del Consejo de Castilla, solicita en nombre del Rey Carlos III, como hemos citado en el apartado 1.3, el censo de Hermandades y Cofradías existentes, el tipo de aprobación que tuvieran y los gastos que efectuaran en sus cultos y fiestas. Lo que subyace en todo ello eran los intereses recaudatorios de la hacienda pública, argumentándose que se corría el peligro de que por pagar a estas asociaciones se corría el riesgo de no cumplir con las obligaciones de manutención de la propia familia e incluso, trascendería también al Estado.
Todo ello conlleva la extinción de Hermandades y Cofradías a excepción de aquellas que tuvieran como finalidad la asistencia a los internados en prisiones, hospitales y las sacramentales que tienen a su cargo el culto en las parroquias.
Comienza pues, un período de inestabilidad para Hermandades y Cofradías y, algunas importantes fiestas, fueron prohibidas por los obispos en perfecta sintonía con las autoridades políticas ya que poseían similar mentalidad y, en no pocos casos, pertenecían a las mismas familias. Ejemplo claro lo tenemos en 1777 donde aparece un paralelismo entre lo que ocurre en Sevilla con el arzobispo Francisco Delgado y Venegas y, el obispo Tormo en Alicante. Ambos se acogen la Real Cédula de 20 de Febrero, dada por Carlos III, para evitar desmanes y la mal entendida piedad que provocan la indevoción y los desórdenes.
Con la estabilización política de mediados del siglo XIX es cuando el conservadurismo ideológico por una parte y los incipientes intereses mercantiles, por otra, produjeron un renacimiento de las hermandades, cofradías y corporaciones, que se refuncionalizan y resignifican. Esto lleva incluso a la subvención por parte de los ayuntamientos a expensas del famoso dicho de… «quien paga, manda».
En la actualidad Hermandades y Cofradías representan contextos y ocasiones donde se reafirman, reproducen y redefinen identidades e identificaciones colectivas. Esta función identitaria e identificatoria se contrapone a la función instrumental que tratan de asignarle los grupos políticos e ideológicos del poder y choca, también, con el papel que trata de imponer el Mercado para que sean espectáculos de consumo y atracción turística.
El auge en estos últimos años, refleja una activación de diversos «nosotros» colectivos: a través de la participación en las procesiones -dentro de ellas o en su entorno- se identifican, reafirman o rivalizan individuos, sectores sociales, barrios y otros conjuntos sociales de la vida de nuestra ciudad de Alicante. De ahí que tengamos Hermandades que identifican barrios (Flagelación a San Blas, Piedad y Caridad a Benalúa, Mater Desolata a Carolinas, Morenet al Raval Roig, Santa Cruz al barrio del mismo nombre, Gran Poder a San Antón), Hermandades que aglutinan colectivos educativos (Santa Cena a los Salesianos, Ecce Homo a los Franciscanos, Jesús Despojado a los Agustinos), aquellas formadas por profesionales de la sanidad (Prendimiento), abogacía (Divino Amor), empleados de banco (Nuestro Padre Jesús), comerciantes del centro de la ciudad (Humildad y Paciencia), funcionarios públicos (Jesús Triunfante); e incluso aquella que aglutina la unión con la fiesta oficial de la ciudad (Ntra. Sra. de la Alegría).
Observamos, por tanto, que la Semana Santa de Alicante aglutina, en sí misma, a colectivos de la vida social de la ciudad, estableciendo que cada grupo se identifique como tal y exprese la visión que él mismo tiene de sí, su singularidad y diferencia y papel que cumple o cree cumplir en la ciudad.
La Procesión del Santo Entierro
Esta procesión partía de la iglesia de Santa María el Viernes Santo, después del Oficio de Tinieblas, con los pasos que el día anterior se iban congregando en la plaza y en el interior del templo y que procedían de distintas iglesias de la ciudad y de casas particulares. La salida se organizaba según un orden tradicionalmente establecido, que solía comenzar por la Samaritana y concluía con la Virgen de la Soledad.
Las circunstancias políticas por las que atravesó el país durante el Sexenio Revolucionario (1868-1874), dieron lugar a la supresión de las subvenciones religiosas, por lo que el cabildo municipal no quiso participar oficialmente en la procesión, debido a la libertad de culto impuesta por el gobierno, aunque dejó a sus concejales el derecho para asistir, si era el caso. En este período la corporación municipal no acudió a la procesión, pero se ocupó del orden público de la misma. En 1871 solo salieron tres pasos:
A las seis de la tarde del próximo viernes saldrá de la iglesia parroquial de Santa María la procesión del Santo Entierro, limitándose a tres el número de las santas efigies, que serán las que representan a San Juan Evangelista, el Sepulcro y la Soledad de la Virgen.
Al acto asistirá un piquete de las tropas, que guarnecen la plaza con la música del regimiento. Y para dar mayor lucimiento a la procesión los Sres. Curas han invitado a las autoridades civiles militares y a los jefes y empleados de las diferentes dependencias del Estado en esta capital. (Eco de Alicante, 6-4-1871)
A partir de 1875, la clase alta de la sociedad se ocupó de que las procesiones volvieran a brillar y de que resurgieran las viejas costumbres y protocolos abandonados en años anteriores. Sirva como ejemplo este escrito del cabildo municipal, en el que además de anunciar su participación en la procesión del Viernes Santo, confirmaba su asistencia a los oficios en la colegial de San Nicolás: El Excmo. Ayuntamiento se servirá concurrir a las nueve y cuarto del día de mañana y a las ocho y tres cuartos también de la mañana del siguiente día, al Aula Capitular de San Nicolás para asistir a las solemnes funciones religiosas de Jueves y Viernes Santos. Así mismo se servirá asistir a la procesión del Santo Entierro, que saldrá a las seis en punto del expresado viernes de la Iglesia Parroquial de Santa María.
Traje: Jueves- Frac, corbata y guante blanco, fajín y medalla.
Viernes- Frac, corbata y guante negro, fajín y medalla. (AMA Fiestas, 12, carpeta 7 21-3-1884)
Abría la procesión un destacamento militar con un cabo a caballo y el estandarte de la iglesia de Santa María con la Bocina, que era transportada en un carro adornado de flores: “la función no era otra que la de convocar a los hermanos y fieles al comienzo de la estación de penitencia al tiempo que servía como elemento de orden para las paradas de la procesión general” A continuación iban las distintas cofradías, acompañadas de nazarenos con cirios o hachones, los devotos y los músicos que entonaban motetes y piezas fúnebres, aunque pronto se empezaron a sustituir por músicas procesionales al incorporarse las bandas de música9, algunas de ellas contratadas particularmente por las cofradías, y las bandas militares.
Cada año variaba el número de pasos. Según Sellers, en 1878 el orden era el siguiente: La Samaritana, La Oración en el Huerto, Santa Cena, Jesús atado a la Columna (Flagelación), Ecce-Homo, La Sentencia, Jesús Nazareno, Ntra. Sra. De la Caída, La Verónica y La Dolorosa. Finalizaba la procesión con el Santo Sepulcro, escoltado por el ejército, y la Virgen de la Soledad, que desfilaba con las autoridades, el alcalde, el gobernador, el clero y los maceros. Las imágenes eran llevadas por portadores a hombros, aunque disponían de horquetas para poder sujetar los tronos en las paradas. Esta reseña de prensa de El Liberal recoge la crónica de una de las procesiones:
Anteayer tuvo efecto la procesión del Santo Entierro, que revistió grandísima solemnidad y brillantez. Las imágenes preciosas que se sacaron lucían iluminaciones de muy buen efecto y alhajas de gran valor.
A dicha ceremonia asistió un grandísimo número de fieles con luces, todas las cofradías, el clero y el ayuntamiento presidido por el alcalde primero, Sr. Ugarte. Una muchedumbre inmensa acudió a ver ese acto. Luciendo nuestras paisanas su proverbial y magnífica belleza. (El Liberal, 25-4-1886)
La hora de salida oscilaba entre las cinco y media y las siete de la tarde y el recorrido discurría por el centro histórico de la ciudad. El diario El Liberal lo indicaba para información de la población: “Villavieja, plaza de Ramiro, Jorge Juan, Lonja de Caballeros, plaza y calle de las Monjas, Montengón, Virgen de Belén, Santos Médicos, plaza de San Cristóbal, Labradores, Ángeles, Méndez Núñez y Mayor”.
Cofradías penitenciales
La Cofradía de la Samaritana abría la procesión del Santo Entierro, aunque no se sabe con exactitud el año de su creación. La de la Purísima Sangre de Cristo, actualmente llamada Cristo del Divino Amor y Virgen de la Soledad “La Marinera”, es probablemente una de las primeras conocidas, pues existe en el convento de las Monjas de la Sangre un documento de 1606 donde ya se menciona, pero su origen podría remontarse al siglo XV. La talla de la virgen, del año 1710, es de Juan Bautista Vera, aunque solo se conserva la cabeza, pues la imagen fue quemada durante la Segunda República.
De 1775 se conoce la fundación de la Hermandad de la Santa Cena en el barrio de San Antón por varios gremios, que adquirieron el paso de la Cena, conjunto del que todavía existen bastantes dudas de su autoría, pues algunos lo atribuyen a Nicolás Salzillo, otros a Francisco Salzillo e incluso a Antonio Riudavest. Cinco años después, al desaparecer la cofradía, el conjunto escultórico fue vendido a Elche. La Hermandad desfila en la actualidad con una talla del Santísimo Cristo Esperanza de los Jóvenes, anónima del siglo XVIII. De esa misma época, indica Sellers: “existen documentos que acreditan la existencia de la Cofradía del Ecce-Homo en el siglo XVIII, e incluso pudiera datarse como mínimo un siglo antes, pues la devoción al Ecce-Homo en nuestra ciudad siempre ha estado ligada a la veneración de la Soledad, una de las más antiguas advocaciones”.
Los orígenes de la Cofradía de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder se remontan al año 1840 cuando Víctor Cristóbal Salvetti, cónsul de Florencia, trajo a Alicante una imagen de la Virgen Dolorosa perteneciente a un autor anónimo del siglo XVIII de la escuela florentina y que fue depositada en una capilla particular en el convento de San Francisco, donde era custodiada por un guardián para que fuera venerada por los fieles. La devoción a la imagen propició que Arturo Salvetti, hijo del cónsul, fundara la cofradía en 1860, cuyos gastos eran sufragados por los propios cofrades y la imagen se conocía, según Miguel Iborra, como la Virgen Dolorosa, la Virgen de la Corona de Espinas o la Virgen de Salvetti. Esta cofradía tenía su propia procesión, que salía desde el convento el Miércoles Santo (aunque la imagen de La Dolorosa lo hacía también en la procesión general del Santo Entierro) para recorrer diversas calles de Alicante y contaba con la participación de las autoridades, el clero de la iglesia y muchas mujeres.
Acompañaban a la imagen de la Virgen de la Corona de Espinas un gran número de devotos que vestían túnica de color blanco con peto de remates de color morado y se tocaban con un capirote desarmado y colgante por la espalda, dejando el rostro al descubierto.
El escudo era un corazón sangrante traspasado por un puñal grabado sobre metal dorado que se llevaba colgado del cuello por medio de un cordón. La imagen era portada a hombros por devotos y la escoltaban los pescadores y marineros de la barriada.
La Cofradía de Jesús atado a la columna en su santa flagelación fue fundada en 1885 y tenía la sede en la iglesia de Santa María. El Santo Entierro y la Virgen de la Soledad cerraban la procesión del Viernes Santo. Esta última se encontraba ubicada en la iglesia de Santa María y su fundación se remonta al siglo XVII. Un siglo después, los cofrades se reunían en la capilla del Baptisterio hasta que la imagen de la Virgen, de autor anónimo, pasó al altar mayor.